Con un tono casi poético, pero incisiva, realista y muy crítica, María Elena Walsh me reconfortó en esta nota de la cual transcribo los dos primeros párrafos:

“Una de las actuales nodrizas del niño es la televisión, y de ella absorbe las más precarias formas de versificación, música y atropello de la sintaxis. Una seudopoesía destinada no a despertar sus sentimientos y su imaginación, sino a moldearlo como consumidor ciego de un orden social que hace y hará todo lo posible por estupidizarlo. Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.” (Ñ Revista de Cultura, Clarín, 1 de Julio de 2006.)

Personas con autoridad para hablar precisamente del lenguaje, me enseñan el camino de esta resistencia pacífica que desde las trincheras domésticas de los hogares, muchos intentamos trasladar al seno de la sociedad. Una sociedad que como señalaba en un artículo anterior está amenazada por una especie de afasia léxica que como coincide Walsh tiende a moldear consumidores estúpidos y nuevos colonizados desde la ignorancia, desde la pobreza del lenguaje, desde la limitación del pensamiento. Un autoritarismo cultural que impone “cultura hecha” desde la imagen, sin necesidad del pensamiento, tan sólo la imagen nítida y realizada de lo que no debe interpretarse sino admitirse casi dogmáticamente. El arte se reduce a una fotografía, antaño queda la poesía, los sonidos del alma que desde el lenguaje nos permiten contemplar la belleza, la posibilidad de recrear lo clásico desde la originalidad del arte. Un concepto de cultura que se pierde en el sin sentido de cuanto el hombre hace apartándose a veces de su misma dignidad.

Un dadaísmo intelectual que rechaza lo pasado y que detesta pensar en que alguna vez existió algo antes que el mismo, un hombre que pierde la noción del tiempo en la eternidad del instante que pretende vivir plenamente, un tiempo que se le inyecta al hombre negándole toda proyección posible, un aquí y ahora y un ya de un progreso que no admite etapas. El reduccionismo político traspasó el discurso para penetrar al hombre mismo en su pensamiento, la reflexión es entendida como debate donde todos hablan y nadie dialoga. Una sola causa, una sola posición, una sola solución, sin espacio para pensar. La imagen contempla la disociación del tiempo, el sonido y la misma imagen, la nueva orquesta de televisores con imágenes disjuntas y sonidos desconexos, son el trasfondo de la ligera filosofía cotidiana, la borra del café sigue intentando dibujar el destino, el cigarrillo brinda la seguridad de la armadura medieval, mientras cerramos la producción habitual de pensamiento crítico en nuestros grupos de reflexión y decimos, a lo que asentimos todos “Esto no dá para más”.

Mientras dudamos la moneda que dejar como propina, nos paramos confiados de haber trabajado por el progreso de la sociedad y el mundo y nos retiramos a casa, pronto repiten algún partido del mundial, y con suerte lo podremos ver sin interrupciones.

Fuente: Pablo Miozzi Imagen: Tulipanes Amarillos